lunes, 28 de julio de 2008

El Efecto Cámara-Televisión


El otro día nos encontramos un articulo de Jeffrey Andrew Weinstock titulado Zombie TV. Un apartado, incluido como mero comentario, me hizo pensar en una faceta específica de la televisión y la cultura zombie mexicana:

Moving for the camera, in essence, one attempts to occupy two spaces at once. (…), watching oneself on the screen, one suddenly feels foolish, exposed to the invisible gazes of others. The encounter with the resistant doppelganger is a moment of crisis, of seeing one self not seeing, and of knowing that one can be seen not seeing. How can one regain control of one’s image? By purchasing the camera of course, and filming others.

A través de la analogía Weinstock nos ejemplifica el “efecto cámara-televisión” que puede ser vivida en cualquier tienda de electrónicos donde una cámara de video esté conectada a una televisión y nos provee, además de constatar la funcionalidad de ambos aparatos, el efecto extraño de “verse sin verse”, como lo titularía Weinstock. Todo encajaba como una nota curiosa donde solo lectores psicoanalíticos lacanianos encontrarían una significación posterior y más elaborada; pero Weinstock lanza un último gancho al final de su ejemplificación.
En su pequeña alegoría posmoderna capitalista, Weinstock describe el suceso como un “momento de crisis”, de angustia, de encuentro con una realidad externa que no podemos digerir. Un momento en el que no toleramos la imagen del urbano y tecnológico espejo, ante esto Weinstock nos presenta un interesante elemento: “¿Como hacer para volver a obtener el control? Pues tomando la cámara y comenzar a filmar a otros”.
El tratado se constata como algo tan común, normal y cotidiano que hay que desenvolverlo para darse cuenta de las posibilidades. No estoy seguro hacia donde quería llegar Andrew, pero ante mi mente, al momento de estar leyendo el artículo, no pude evitar pensar en los programas de espectáculos de chismes. En la forma en que los conductores dirigen la mirada vouyerista del espectador. La forma en que estos periodistas utilizan la imagen para encarnar el dedo delator, el goce social inmerso en la vida fantasmática de entes construidos para tal fin.
Igual que aquella famosa fábula religiosa: “Aquel que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”. Todos hemos sido testigos, delatores, incluso participes de chismes de nuestros subgrupos sociales. Todos hemos sentido el punzante goce de desmembrar, cual naranja en gajos, la información confidencial de algún miembro de algún subgrupo social al cual pertenecemos.
Es tan delicioso el chisme y tan delator al mismo tiempo. Es tan fácil caer en presunciones y teorías que tienen altas probabilidades de ser falsas, y sobre todo, no es raro caer en proyecciones espontáneas, he ahí su característica delatora.
¿Porqué es tan incomodo este momento de “verse sin verse”? Este momento donde nuestros ojos no se encuentran como en el reflejo porque vemos nuestra propia imagen desde otra perspectiva. Parecería que existe un tercero, función que es ocupada por la cámara. Es difícil de digerirlo porque todos tenemos una imagen imaginaria de lo que somos, al momento de entablarlo en una triangulación, al momento de establecerlo en una función de la perspectiva del otro, caemos en angustia.
¿Cómo hacer para manejar este momento de angustia debido a que no contenemos elementos simbólicos estables de nuestra propia imagen? Lacan lo sabía muy bien. El estadio del espejo es constituido en base del deseo del otro, de aquella madre que dice al pequeño desde atrás, mientras el nene observa por primera vez su reflejo, “qué lindo estás”, o “qué horrible, pareces un gnomo”, o incluso “dios, este maldito saco de carne y huesos no deja de comer, debería tirarlo a la basura”.
Lo cierto es que bajo esta sociedad civilizada tecnócrata, nuestra imagen está en constante cambio. Nunca estamos suficientemente delgados, o suficientemente gordos, o suficientemente propios para el estándar de belleza social. Por tal no es de sorprenderse las marejadas de fotos en Internet contenidas en fotologs o facebooks, donde el autorretrato es tomado desde arriba hacia abajo en las chicas (para hacer notar su belleza corporal y la constitución simbólica de la pasividad histérica frente al amo), o desde abajo hacia arriba en los chicos (para denotar la agresividad con tintes gansters y lo proactivo de su masculinidad). No es de asombrarse que cada vez en esta sociedad lo que más está cuestionado es nuestra propia imagen.
Ahora, ¿cómo hacer para evitar ser cuestionados? Pues sencillo, comiencen a cuestionar. Eviten comenzar a preguntarse o peor aun, que les pregunten, si están suficientemente gordos, o si están suficientemente flacos, y comiencen a cuestionárselo a otras personas. Evítense la pena del incomodo “momento de crisis” del estarse “viendo sin verse” a través de ese ojo delator contenido en las fauces abismales del lente de la cámara, y, carajo ¡tomen la cámara! Filmen a otras personas y siéntanse a gusto y confortables detrás del lente, siendo el que enjuicia, no el enjuiciado.
Gocen comiéndose los gajitos de las naranjas de otras personas. Hasta que sean golpeadas en el cuarto de un motel por un amante suyo y tengan que demandar a otras personas cada vez que utilicen su nombre sin derechos de autor. Olvídense de su imagen imaginaria, olvídense de lo patéticos, feos, gordos, viejos, homosexuales, nacos o falsos que son y mejor búrlense de lo insípido, horribles, cerdos, ancianos, jotos, verduleros o wanabies de otras personas.
Disfrútenlo, bienvenidos a la postmodernidad, bienvenidos a la carretera de información, bienvenidos al efecto cámara-televisión.