martes, 27 de noviembre de 2007

Ante las puertas de Arkham


Por E. F. Vazquez

I

El anciano despertó.
Con una dificultad descomunal se irguió y tomó su bastón dispuesto para caminar la inhóspita atmósfera opaca que se encontraba a su alrededor. Era agria, una niebla espesa merodeaba por los talones y el frío se hacía sentir hasta los huesos. El olor era curioso: no había olor. Parecía como si el anochecer estuviera encima, una negrura azulada comenzaba a tomarlo por los hombros y la espalda… de alguna manera sabía que era la última vez. Pesadamente avanzó unos cuantos pasos, sus ojos estaban alertas y su mente entablaba teorías y presunciones buscando, como siempre, adelantarse a la situación.
Sus pensamientos daban vueltas y cada juicio era más descabellado que el otro. Entendió que evadía algo, no deseaba pensarlo, y menos pronunciarlo, lo sabia… él lo sabia… él siempre lo sabía todo.
Repentinamente se detuvo en su cuidadoso andar, algo lo hizo detenerse en realidad. Un ente estaba enfrente de él, un ser, parado, observándolo. Le dijo desde las sombras, que eran más claras que su contorno mismo.

- ¿Deseas que me dirija a ti con el nombre que te dieron, o con tu nombre real?...

Su voz era colosal, retumbaba en las paredes produciendo un espantoso eco que podrían aterrorizar a cualquier joven de menos de la mitad de la edad del anciano; él permaneció de pie, dudando que en el lugar en el que se encontraban hubiera siquiera paredes.
- Llámame como quieras…
Le dijo mientras sujetaba contra el piso su bastón posesionándolo al centro de su cuerpo, apoyándose un poco hacia el frente.
- Muy bien… sígueme.
El ser dio media vuelta y caminó, el anciano lo siguió. El enorme ente, largucho, sobrepasando por poco los dos metros de altura, se desplazaba aparentemente levitando. Pareciera que una túnica infernal envolvía su cuerpo, emblemáticamente se movía a una predilección fantasmagórica por el suave viento que rozaba los tobillos de la sombra, si es que en verdad debajo de eso hubiera un par de tobillos. Truco clásico, pensó el hombre del bastón.
- Te llamaré con el nombre que arropaste sobre tu mascara – le dijo mientras avanzaba en la pesadez del ambiente - , el emblema que perdurará por siglos, el nombre que usaste no para crear una nueva identidad, sino para encontrarte a ti mismo…
El anciano se detuvo en el andar, profundamente molesto. El ente se detuvo también y volteó lentamente buscando la mirada del hombre viejo. El anciano lo observó, su bastón apoyaba su equilibrio y su figura, levemente decrepita, se mantenía con esa joroba producto de un peso de varios años sobre sus hombros. Una bata oscura lo cubría hecha de una delicada seda francesa que daba de sobrentendido su estatus social; su pelo canoso caía sobre su frente; su rostro dejaba en evidencia una larga vida, marcas hechas por los años atravesaban sus mejillas, labios y pómulos, daban la impresión de haberse producido de adentro hacia afuera.
Pero cuando levantó la vista, todos estos detalles quedaron abrumadamente desapercibidos ya que el ente solo pudo observar sus ojos; agudos y penetrantes como la noche misma, su color era más claro de lo normal y su temple permaneció cruda e impasible:
- Te dije que me llamaras como quieras…
- Había escuchado que eras orgulloso, anciano, pero no tenía idea de cuanto. Eres soberbio y obstinado, pareciera que es por la edad pero pienso que son cualidades que han permanecido desde el centro de tu estructura por años. Un puñado de individuos hubieran vendido sus almas por quitarte la vida, pero no… tuviste que castigarlos incluso con tu último aliento. Falla en el corazón. Quién hubiera pensado – El ente se acercó lentamente - . Muchos estarían muertos de miedo y petrificados hasta los huesos; pero tú no, ¿verdad?... Tú no… No Batman.
- Soy obstinado – Una mueca de burla dibujaba su rostro.
- Bien…, ahora has ascendido a un nivel no terrenal, viejo obstinado, no tienes muchos trucos con los cuales actuar, anciano.
- Si mi alma se le niega a descansar… las preguntas me ciegan, qué hago aquí.
- Las circunstancias de tu deceso, como te acabo de mencionar, me ha impregnado de una huella imborrable de interés. Como se ha dado cuenta su misión no ha sido completada.
- ¿Mi misión?
- Existe un gran plan, Batman, estoy seguro que lo habrá oído en algún lugar.
- Lo dudo…
- No, es seguro, debiste haberlo escuchado en algún lugar…
- No me refiero a eso, lo he escuchado, pero no existe, no creo en su existencia, no existe un enorme plan dominando nuestro comportamiento, todo esta en nuestras decisiones.
El ente ladeo la cabeza un poco, observó al anciano. Seguramente si hubiera existido la posibilidad de vislumbrar su rostro se hubiera dibujado una mueca de mal entendido sobre él. Lentamente retornó su cabeza al lugar original.
- ¿Decisiones dijiste, viejo hombre? … interesante.
El ente dio media vuelta, caviló un poco más, el anciano no le quitaba los ojos de encima.
- Tu destino fue arduo, lo puedo aceptar, pero solo tú podías terminar tu labor. Tenías el método, las herramientas y una voluntad que podía confundirse muy sencillamente con obsesión. Pero algo te mantenía a raya, había algo que no permitía completar tu victoria.
- Era una guerra, las guerras no fueron hechas para salir victorioso.
- Ésta sí…


II

El sonido de un zaguán rechinó sobre una noche lluviosa. El entorno había mutado insospechadamente y unas letras de metal sobre las puertas del infierno se hicieron ver ante el relámpago de la tormenta. Rezaban Arkham Asilum, institución mental.
El ente avanzó entre la fulminante lluvia para situarse enfrente de las letras, levantó su infernal brazo señalándolas y gritó intentándose oír ante el abrumador ruido del agua.
- Aquí existe una gran mentira, Batman. Esto no es una institución mental. Es un dique. Un dique entre la insania y la normalidad. Entre lo perverso y la levedad de la esperanza de Ciudad Gótica. Este es un dique que ayudaste a construir, murciélago. Concientemente ayudabas a alimentar el fuego del infierno, concientemente intentabas alejar los despojos de la sociedad de todo lo limpio y puro. Nunca te hiciste cargo. ¡Nunca deseaste hacerte cargo! Fuiste uno de los Titanes que caminaban sobre la tierra, Batman. Fuiste uno de los dioses que nos sobreguardaban de nuestra mortalidad. ¿Por qué no hiciste lo que un dios tenía que hacer?... ¡Esta es tu torre de babel!
El anciano, empapado por la torrencial tormenta, lo fulminó con una molestia encubierta de desaprobación.
- ¿Me estas pidiendo que derrumbe Arkham?
- No te estoy pidiendo nada… te estoy dando la oportunidad. Completa tu destino, dale término a la locura que corroe las entrañas y pervierte los espíritus y da muerte, desolación y niños huérfanos en la oscuridad. ¡Utiliza tu fortuna y tus contactos para hacerla caer!
El hombre apretó los dientes sobre su mandíbula, tomó con sus puños más fuerte su bastón y endureció su cien lo más duro que pudo al punto de dolerle. Después bramó en la oscuridad.
- ¡Esa no es mi responsabilidad! ¡No soy jurado, menos ejecutor!
El Ente guardó unos segundos de silencio. Después con un agrio temple le dijo.
- Estas lleno de contradicciones, murciélago. Hablas que combates una guerra pero no estas dispuesto a tomar vidas.
- Mi tiempo ha acabado, sombra – interrumpió haciendo un falso esfuerzo de no importancia -, no volveré.
- Tu cuerpo mortal despojado temporalmente de su alma yace en una sala de urgencias. No cruzaras… no hoy.
“Volverás a tu vida decrepita en la soledad y las tinieblas, repetirás las mismas preguntas que a diario te hacías mientras tomas tus medicinas y continuas preparando esa sopa insípida en tu cocina de mármol malamente conservada. Los pasillos de tu mansión seguirán escuchando el eco de tus paulatinos y cansados pasos, y tu perro seguirá ladrando a tu llegada en cada habitación que lo encuentras y siguiéndote en tu andar. Seguirás juntando las manecillas del reloj para entrar a tu sótano, antes provisto de herramientas, ahora refutado de recuerdos. Te sentarás todavía enfrente de tu computadora, adjuntarás datos vandálicos y sacarás elaboradas conclusiones y podrás aun hablarle a tus contactos en el cuartel de policía; contactos que desconocen tu identidad y piensan en ti como una voz de providencia.
“Los nombres han cambiado, anciano. La ciudad ha crecido. El recuerdo de Batman sigue al igual que en tus días de merodeador: como un fantasma. Pero te aseguro que algo prevalece en tu cabeza, algo aun corroe tus pensamientos, tus monstruos aun siguen cazándote, a pesar que en antaño tú los cazabas a ellos. Tus preguntas todavía te despiertan a media noche empapado en sudor.
“Y bueno – una pausa y con un ademán abrió el corroído y aullante zaguán - esta es tu respuesta, esto es lo que debes hacer… y lo sabes, siempre lo has sabido… tú lo sabes todo.
El viejo dudó un momento, cerró los ojos. Un trago amargo cruzó su paladar para encontrarse con su estomago, dándole una sensación de vacío. Sintió la flaqueza de sus piernas que lo estaban traicionando, así como las heridas de las palabras que aún intentaban penetrarlo. Tomó un profundo respiro y abrió los ojos para observar al ente que intentaba pervertirlo, después dijo su credo.
- No soy un criminal.
La sombra quedó inmóvil, molesta por la terquedad de un viejo.


III

El aire cambió de textura una vez más, era frío, más frío. El olor a oxidado y suave vestigio de basura en la nariz se le antojó familiar. Un leve presentimiento de reconocimiento lo hizo sentirse en sus dominios. Miró hacia los lados, ladrillos; miró hacia arriba, la luna de cazador, de merodeador. No necesitaba otra luz, no necesitaba otro encubrimiento, era suficiente, más que suficiente. Los delincuentes son tontos y supersticiosos, son imbeciles cuando el peor de sus temores se les para enfrente, levantándose lentamente desde las sombras. Dejan de funcionar adecuadamente, quitan el dedo del gatillo, balbucean, tartamudean, dejan de pensar. El más horrible de sus miedos se les acaba de encarnar. La culpa, perdida por algún lado de su inconsciencia se traslada inexorablemente sobre sus ojos… el castigo no se le puede hacer esperar, piensan mientras observan las alas del murciélago, mientras dicen su nombre en la oscuridad, mientras torpemente intentan huir dándole la espalda corriendo como niños…después de eso una sombra los embiste.
La gran mayoría de los delincuentes tenían esta reacción. Solo un puñado, los peores, reaccionaban diferente. No había culpa, no existía el arrepentimiento, una cualidad perversa los empujaba a enfrentarse al murciélago; y sobre todo, una cualidad seductora hacía al murciélago perseguirlos… a uno de ellos incluso le causaba gracia.

La culpa… eso era algo que el anciano conocía bien.

- ¿Dónde estamos?
- En un callejón de Ciudad Gótica, viejo.
- Hay miles…
- ¡Exacto! Miles, eso hace aún más especial este… ¿No lo reconoces? ¿Cómo hacerlo, verdad? Haz recorrido cientos, cada uno con su propia historia. Después de todo qué sería Gótica sin sus violaciones, asaltos, extorsiones y asesinatos. ¡Y justamente eso!... justamente eso...
“Hace un momento hablaste de decisión…

Un niño dio un salto abriendo la puerta de un cine con una patada, era una puerta trasera que daba al callejón. Calló al suelo en sus dos pies y dio latigazos imaginarios a coroneles españoles de la época colonial. Dibujó una marca, su marca, una zeta en el pecho de cada delincuente que lo merecía. Bruce, querido, no brinques, te caerás, le dijo su madre. El niño dio caso omiso y siguió en su batalla épica del bien contra el mal. Rasgaba, golpeaba, pataleaba contra cada maleante que había faltado a la ley que irónicamente aún no existía. Pero él lo sabía, él era el zorro, el era un símbolo de la ley.
El padre los alcanzó y sostuvo a su esposa amorosamente del hombro con una sonrisa.

- No…
Dijo el anciano casi con un suspiro que salió a la intensidad del vapor que exhalaba.

El niño brincaba y brincaba despreocupadamente. Un mal paso y su pie cayó sobre un charco frío, haciéndolo resbalar. Su codo topó con el sucio suelo. Era una etapa difícil para el pequeño, se encontraba hipersensible y cada malestar ya sea emocional o físico lo hacía quebrarse en llanto; hace tres meses que no paraba de mojar la cama. Decía que veía monstruos en la oscuridad, que le harían daño y que deseaban quitarle algo precioso. Decía que volaban por el techo dando círculos imperfectos buscando el mejor ángulo de ataque. Corría por los enormes pasillos de la mansión para entablarse tumultuosamente, muerto de escalofríos, en la cama de sus padres. Ellos permanecieron comprensivos y lo trataron dulcemente ante estos episodios fóbicos del pequeño Bruce; tres semanas después buscaron ayuda profesional; seis semanas después el padre estaba empezando a perder la paciencia.
Como era de esperarse el pequeño rompió en llanto. El padre se acercó preocupadamente y lo levanto sosteniéndolo cerca de su cuerpo y limpiándole la humedad que el abrigo del pequeño había contraído del asqueroso suelo. El niño gritó más fuerte, era una necedad que había desarrollado, cada vez que los padres intentaban consolarlo los golpeaba alejándolos, como si no deseara sus cariños, durante algunos momentos parecía que el llanto cambiaba a rabia; esta no era la excepción.
El padre perdió los cabales y se levantó señalando a su hijo, intentando el último recurso que le quedaba. Tal vez eso quería el pequeño monstruo necio y terco, talvez quería que lo regañaran; tantos lujos, tantos regalos y tan pocos límites. ¡Deja de llorar en este preciso momento, Bruce, o tendré que dejarte aquí solo, a ver qué haces entonces! El niño volteó y la imagen quedó grabada en algún lugar imperceptible de su conciencia.
La madre se molestó. ¡Dios santo, Thomas, es solo un niño! El padre recapacitó, estuvo a punto de escupir su disculpa cuando una sombra con un revolver surgió en la oscuridad.

- N-no….
La flaqueza de sus piernas lo volvía a traicionar.

Dame tu cartera, imbecil… ¡Rápido! Un gatillo siendo cargado, pareciera que el sonido produjo un eco. La madre abrazaba al pequeño y el padre se interpuso entre el asaltante y su familia. Tranquilo… toma… mi cartera.

- No… ¡g-golpéalo!…

El criminal observó la rapidez con la cual poseyó la cartera. Un par de ricachones, un par de chupasangres más que viven quitándole el dinero a gente como yo. Pensó mientras avanzaba contra la mujer para quitarle su collar de perlas.

- No…

Se acerco mucho… demasiado. El padre reaccionó y al momento que el maleante alcanzó el collar, el padre intentó quitarle de encima, temiendo por la vida de su mujer.

-N-no…

Dos disparos en un crudo invierno y un collar de perlas desarmándose en el sucio y húmedo suelo. Un criminal corriendo por el callejón y un niño hincado en medio de los cadáveres de sus padres… la inmortalidad no existe, pensó. El anciano intentó vagamente lanzar su bastón en contra del hombre que corría despavorido, pero no lo alcanzó. Ahora estaba hincado en el frío reviviendo el momento. El momento en el que en aquel callejón no murieron dos personas, sino tres. El momento en el que apretando los dientes y llorando de rabia hizo una promesa.

- ¿Por qué me haces esto?...
Dijo con las manos en el rostro, un dolor profundo quebraba su voz.
La sombra, sigilosamente se le acercó por la espalda, se agachó y casi en susurro le dijo, posiblemente riendo por dentro.

- Es justamente en este momento cuando todo sentido abandonó tu vida, verdad… Bats.

El viejo dejó su sollozo para apretar su mandíbula y su furia surgió por sus ojos. Un bramido que provenía desde la ira de su estomago lo hizo voltearse con una velocidad inesperada, desvistiendo a la sombra de su fantasmagórica túnica. La sombra dio tres pasos atrás y una familiar carcajada se dejó oír en el callejón. La carcajada reía y reía. Se burlaba, se complacía con la impotencia del pobre viejo. Él podía oír sus pasos transformándose en brincos alejándose de la escena. La túnica, que aun permanecían en sus furiosas manos, traía consigo una carta de poker de un arlequín. La tomó, la observó y apretujó en su mano derecha mientras sentía una peculiar descarga de electricidad en su pecho. Una segunda y una tercera se hicieron venir antes de despertar en la sala de emergencia número siete del hospital de Ciudad Gótica mientras se levantaba por medio de un reflejo casi transformado en una contracción de su espina dorsal… todo el primer piso del hospital escuchó a un anciano gritar desgarradoramente el nombre de Joker.

jueves, 11 de octubre de 2007

A porposito del incomprendido Ang Lee


Un maestro y su discípula mantienen una suave, deslizante, fantástica, irreal y aérea pelea mientras posan las plantas de sus pies en dobladizos bambúes y sujetan un sable chino con una de sus manos a la vez que lanzan miradas esquivas difíciles de interpretar.

¿De qué carajos está hablando Ang Lee? Para muchos amantes del Kung fu esta escena es típica, clásica en el cine oriental de sables chinos. Nos recuerda a decenas de películas de los Chow Bros Studio donde nuestros personajes volaban, brincaban o se deslizaban (la elección del verbo estará a cargo del lector) mientras atravesaban maestralmente con su espada de doble filo los cuerpos de sus enemigos. Hasta esta altura vamos bien. La complicación se presenta cuando damos cabida a las miradas esquivas; una segunda observación nos brinda la oportunidad de vislumbrar que en realidad mantiene un carácter seductor. Como si se estuviesen diciendo algo con la mirada, algo que no logramos leer.

Hemos de confesar que nuestra experiencia con la apreciación de la película fue particular. La primera vez que la vimos nos encantó, el regreso del cine épico de Kung fu estaba en nuestras narices una vez más. Tuvimos que observar una entrevista con el director Ang Lee donde hablaba acerca de esta escena en particular anteriormente expuesta para que nuestra segunda experiencia fuera sublime, caímos en cuenta de los delicados simbolismos y nos reprochamos nuestra ignorancia suficiente por haberla visto coercitivamente solo con ojos de fan del Kung fu.

La experiencia que nos dejó Crunching tigger; Hidden dragon fue la de no menospreciar los filmes del señor Lee, sin elevarlo demasiado, el caballero tiene algo que decir.

Meses después vimos una entrevista con el veterano actor Nick Nolte acerca de su -- en ese entonces- - reciente incursión en el proyecto de Ang Lee, un casamiento con Hollywood medianamente pretensioso llamado Hulk. El señor Lee lo convenció de una manera que él mismo referiría como ingeniosa, a propósito de la altivez del antiguo actor al no estar tan convencido en formar parte de un proyecto basado en un comic. Lee le manejó algo que mencionaremos someramente, esperando que nuestra memoria no nos traicione: “Tal vez no estas interesado en la historia de un comic, pero lo que a mi me interesa contar es una tragedia griega”.

La pregunta golpeó nuestra cabeza por segunda vez. ¿Qué carajos esta diciendo Ang Lee? Tenemos conocimiento que en el comic Bruce acudió a sesión con un personaje psicoanalista construido, Leaonard “Doc” Samson. Ahí fue planteado las bases de la estructura del guión de la película y toda la “novela familiar del neurótico” de Banner. Nuestra pregunta es: ¿si Ang Lee deseaba contar una tragedia griega, cuál contó, la de Sófocles o la psicoanalítica? Colmamos nuestros pensamientos y decidimos acudir a ver el box office del verano, no tan convencidos, pero definitivamente interesados.

La experiencia con la película la podemos explicar dentro de tres rubros. Primero, los efectos especiales así como la dirección de arte fueron fantásticos, ver al monumental Hulk destrozar tanques, helicópteros. ¡Carajo, verlo saltar! Fue realmente sorprendente. A consecuencia, el segundo rubro radica en que en sí misma el filme cumplió con los requerimientos demandantes de toda película de verano: entretener, no trasgredió esta barrera. El tercero es que para todo aquel que haya vivenciado la película bajo entrenamiento psicoanalítico, estoy seguro su experiencia habrá comulgado con la nuestra en algunos aspectos. Es aquí donde el ensayo comienza…

Robert Louis Stevenson escribió alguna vez en su novela “The Strange case of Dr. Jekill and Mr. Hyde”: “It was on the moral side, and in my own person that I learned to recognize the thorough and primitive duality of man…”. Nos queda claro que el Dr. Jekill representa el precedente de la historia de Hulk, aquellas imágenes iconográficas que tanto nos zumban en el inconsciente y no nos damos cuenta que nos cuentan la misma historia desde niños casi como un acto sintomatológico de repetición. Esto lo decimos porque nos gustaría dejar claro que el precedente ante la predisposición mutante de Hulk así como Mr. Hyde reside en el aparato psíquico de los personajes. Algo nos hace disfrutar tanto ambas historias que nos hace vivenciar pulsiones ocultas que “tanto del lado moral como al igual de mi persona que nos hace reconocer la dualidad del hombre mismo”. La dualidad intrínseca de la perversidad, la oscuridad, la luz y la bondad del alma humana. Hulk se debate entre la dicotomía de ser monstruo y todo el placer residido en serlo y el de formar parte de lo normal al encarnar su parte humana. No por mucho el primer numero de Hulk se llamó: “The Incredible Hulk; Is he a man or a monster or… is he both?”. Esta esencia rescató el Guionista James Schamus así como la historia que quería proyectar Ang Lee. Pero al poder ver a la película con ojos infantiles disfrutando cada destrucción que deja a su paso el enorme monstruo verde nos hizo preguntarnos algo.

Una idea asaltó nuestra mente: Hulk es una fantasía infantil. Y otra idea la siguió asaltándola con más fuerza aún y claridad: Hulk es una fantasía neurótica. A partir de esto nos comenzamos a preguntar: ¿Por qué neurótica y no perversa talvez? Bueno, para contestar esta pregunta necesitamos direccionarnos teóricamente. Existe una diferencia básica, y aún diríamos más, estructural: no existe la fantasía en la perversión, esto quiere decir que toda fantasía perversa es incluyente inmediatamente dentro de la neurosis. Partiendo de esto tenemos el teorema para diferenciar estructuralmente la neurosis y la perversión en fantasía y acto. El perverso no necesita fantasía ya que todo lo lleva al acto. El neurótico sí necesita la fantasía por los mismos comandos y estatutos que su punitivo Superyo le hace seguir, esto provoca la necesaria satisfacción de las pulsiones que son reprimidas debido a sus contenidos inconciliables con la conciencia, contenidos inconciliables que son satisfechos mediáticamente bajo la evanescente fantasía. De esta manera la diferencia superficial que podemos abstraer de nuestro estrecho análisis partiría de la base de que el neurótico desea hacerlo; el perverso lo hace.

Viene la pregunta: ¿el doctor Bruce Banner era perverso al destruir sanguinariamente media armada americana? Honestamente, no lo creemos. El placer (o deberíamos ser lo más preciso posible y referirnos como goce) de transformarse en Hulk no radica en la destrucción propiamente dicha. Hay una palabra que sentimos satisfacería plenamente los requerimientos expresivos del goce del doctor Banner: liberación.

Una vez un amigo nos planteó una de esas preguntas filosóficas de carácter ñoño; en otras palabras, lo que necesitas para abstraer tal cavilación son básicamente leer comics y demás formas de entretenimiento que se aparenten. Nos dijo: “¿Entre una pelea de Wolverine y Hulk… quién crees que ganaría?”. Contestamos de inmediato, dejándonos llevar por el señuelo previamente diseñado por nuestro amigo; le dijimos: Wolverine se regenera, es prácticamente invencible. Entonces nos contestó con la esperada altivez ñoñil: “Nop. Entre más permanezcas haciendo enojar a Hulk, más crecen sus capacidades de destrucción, así que, tal vez si lo haces enojar suficiente terminaría finalmente rompiendo adamantium. Además, Hulk también posee capacidad regenerativa; ergo, Hulk tiene mayores posibilidades de ganar”

Estuvimos de acuerdo con él. Lo que nos llamó la atención aquí fue un detalle: “Entre más permanezcas haciendo enojar a Hulk”. Esto nos da las bases para encontrar el postulado que permanece como la clave de la solución del acertijo: el problema no radica en el goce ni el deseo, menos en Hulk, sino en los otros. Los otros que lo hacen enojar; que no lo comprenden, los otros que ante la amenaza le disparan misiles, AK-47 y todo el armamento posible que el departamento de defensa ansía estrenar. “You’re making me angry; I wouldn’t like you when I’m angry.”

A grandes rasgos, Hulk nos es vivenciado como una enorme catexis en la cual difiere en que en vez de expulsar libido expele rayos gamma. Pregunta de niño: ¿Por qué? Respuesta de adulto: ¿Por qué qué? Segunda pregunta de niño: ¿Por qué necesita ser libre? ¿Qué acaso no es ya libre? Segunda respuesta del adulto: (Silencio)

Exacto, para que exista una liberación debe existir una dualidad en por lo menos dos sistemas. Debe haber algún tipo de materia contenido en un sistema que este ejerciendo resistencia para fluir al siguiente, debe haber seguros, contenedores y represores que eviten tal transgresión evidentemente, añadiríamos, por el incontenible e indeseable sentimiento de cambio. Es claro que este principio físico se puede atribuir a diferentes fenómenos psicológicos y sociales. Pero en el momento que nos importa ocupa y preocupa nos ayuda a entender la transgresión de la personalidad del Doctor Banner. Debe existir más de un sistema, más de una instancia psíquica que hace a Bruce no desear ser Hulk.

Ante esto no podemos evitar la situación ficticia pero que consideramos verdaderamente real en la que un niño llora por haber sido golpeado por otro, este otro se encuentra de la misma manera llorando pero por el descubrimiento de su capacidad destructora en funcionamiento en contra del otro. La identidad se configura a partir de la funcionalidad que tenemos con nuestros semejantes, de la misma manera la teoría psicoanalítica nos plantea esta alienación donde observamos la identificación con el de enfrente y constituimos nuestra basta personalidad en función del deseo del otro. En definitiva el ejemplo citado nos muestra la configuración de la funcionalidad de una de las estructuras metapsicológicas del aparato psíquico: el superyo. Este proceso que en definitiva tiene una evolución progresiva nos da en un futuro la estructuración necesaria para situarnos dentro de la cabida de la neurosis; el crecimiento de sistemas y autocontención, defensas, represiones, resistencias y demás artilugios psíquicos para mantenernos mentalmente comunes construye una serie de sistemas que en un futuro nos plantearán ser igual a Hulk, dejar fluir el principio de placer, no importando las consecuencias.

Pobre Yo. A veces lo vemos como un pobre niño asustadizo presa de su propia casa donde el primer inquilino se presenta constantemente con demandas incontenibles y descabelladas y el más nuevo inquilino le llena de papeleo y cientos de reproches incesantes, descarados y desgraciados… con razón el sentimiento de angustia cuando no puedes poner orden en tu propio hogar. En definitiva el planteamiento más adecuado sería: ¿cuando somos dueño de nuestra propiedad en realidad? Decisivamente estamos divididos, igual al Mr. Hyde y Hulk, porque si seguimos tal lógica que acabamos de plantear, en realidad el inquilino indeseable que llegó posterior a la fiesta es Bruce Banner y el Dr. Jekill. Después de todo, consideramos que todos tenemos más de una personalidad; ¿por qué creen que escribimos este ensayo en plural?

viernes, 24 de agosto de 2007

¿Que porqué la cara larga?





No se si estén deacuerdo conmigo (posiblemente no, porque esto proviene desde mi patología personal) pero me gustaría platear algo: ¿qué acaso no odian cuando estas en ese momento melancólico, anonadado por las intransigencias del mundo, desgarrado por tus propios pensamientos y llega alguien con su prefabricada mueca social haciéndote la insípida, así como infructuosa pregunta: porqué la cara tan larga? Intentas ser amable, así que le contestas lanzándole una mirada esquiva proponiéndole un trato, teniendo la esperanza que la persona sea lo suficientemente inteligente como para percibirlo (generalmente se falla): escucha, por favor, lárgate, no deseo ser descortés, por el amor de dios, vete lejos de aquí, no quiero lastimarte, lárgate a otro lado, tomate otra pastilla de soma y vuelve con los de tu clase, absortos en sus propias nimiedades y felices por los temas más banales, déjame en paz, que estoy en un momento de soledad depresiva y, honestamente, no deseo interrumpirlo.
¿Cuál es la necesidad de estar feliz? ¿Por qué cada vez que inicies una conversación trivial para pasar el rato tienes que mantener un chiste? ¿Cuál es la necedad de repetir clichés, bromas y comentarios absurdos todo el tiempo? Y aquí recalco, repito, subrayo: todo el tiempo.
Me han referido, y he experimentado que los momentos de melancolía son los más productivos en cuanto a trabajos artísticos, o simplemente escribir - - como en el caso del presente - -, o simplemente dibujar, o simplemente mantener en perspectiva lo que no puedes abstraer. Los momentos de soledad, y hablo de esos momentos de verdadera soledad, cuando realmente puedes soportarte a ti mismo (permítanme decir que eso ya es demasiado) nos brindan de un dolor particular que reside en el centro de tu pecho, los pensamientos deviene con una cualidad soslayada y no puedes de manera superficial salirte por la tangente, todos tus mecanismos de defensa han fallado, el sistema de seguridad en contra de los pensamientos insoportables esta apagado y no deseas oprimir el interruptor de encendido aún.
A grandes rasgos puedes sentir ese despreciable afecto, no creado para nosotros, los seres humanos, que fuimos constituidos en base de la ley de las enormes masas y el continuo ensimismamiento social, la horrible sensación de, efectivamente, escuchar voces a tu alrededor, miradas que se encuentran contigo, manos que te tocan, labios que te besan y sin embargo sentirte solo. Eso es algo que aprendemos, no nos lo enseñan.
La segunda mujer más poderosa del Reino Unido lo sabe. La escritora depresiva por naturaleza plasmó lo que su dolida vida le había deparado en la serie de novelas que escribió para la juventud británica, que pasaría posteriormente para la juventud global. El dolor, el sufrimiento y la soledad son temas recurrentes en la serie de Rowling, aprensiva respecto a los sentimientos de desdicha del ser humano, claramente está. Lo que me interesa aquí es que no son temas que sean recurrentes en cuanto a la producción artística infantil, los libros al ser diseñados para niños, generalmente no se espera que mantengan contenidos de muerte o perdida de seres queridos tan bastos y condensados como en la obra inglesa Harry Potter. Se cree, se ilusiona que los temas literarios infantiles muestren enseñanzas de desasosiego intelectual que les permita cavilar respecto a lo bello de la vida y cómo pueden ellos salir adelante con las distintas dificultades que el porvenir les deparará. Aún escucho las voces de algunos conservadores americanos enérgicamente enfurecidos por los contenidos de la obra, molestos por los horripilantes temas de hechicería y brujería que perpetuaban las malas costumbres y los descarrilamientos morales.
Justamente por eso Rowling tuvo éxito donde Barney fracasó, justamente por eso los impetuosos lectores de Harry Potter deseaban ver terminada la obra y sobre todo la muerte de su personaje principal (¿acaso murió? No la he leído), deseaban sentir ese afecto una vez más de pesadumbre, de vacío, de soledad. Querían saber qué es lo que se siente sentirse solo en el mundo, el saber que la realidad es mucho más horripilante de lo que Mtv muestra y más gandalla que lo que Televisa intenta cubrir. Desean sentir lo real, sufrir, desean saber que el futuro es incierto y que nada es para siempre, que la gente muere, que la gente lastima, que las cosas que deseas no siempre las obtendrás, que, a veces, no importando tu esfuerzo, no importando tu preparación, no importando cuanto necesites lo que intentas alcanzar, siempre existe la posibilidad que bajo cualidades causales no lograras lo que deseas. O lo que es más horrible, autosabotaje.
Más allá de los temas sádicos que la obra nos presenta, yo considero que es aún más valioso los temas depresivos a los cuales podemos tener acceso como lectores, ahí es donde veo su principal aporte y fuerza. Después de todo la obra no termina en torno a la melancolía, sino que aporta una esperanza distinta - -muy parecida, considero, a la que la serie Six Feet Under nos brinda con sus temas apócrifos centrados en la muerte- -, donde encontramos que después de todo, después de haber perdido todo, donde la oscuridad y la pena adolecen tus entrañas, ahí, aun ahí, y sobre todo ahí, donde la negrura ha penetrado más, puedes ver un rayo de luz que se encuentra a lo lejos.
Paradójicamente necesitas a alguien que te ayude a voltear al lugar correcto.