martes, 27 de noviembre de 2007

Ante las puertas de Arkham


Por E. F. Vazquez

I

El anciano despertó.
Con una dificultad descomunal se irguió y tomó su bastón dispuesto para caminar la inhóspita atmósfera opaca que se encontraba a su alrededor. Era agria, una niebla espesa merodeaba por los talones y el frío se hacía sentir hasta los huesos. El olor era curioso: no había olor. Parecía como si el anochecer estuviera encima, una negrura azulada comenzaba a tomarlo por los hombros y la espalda… de alguna manera sabía que era la última vez. Pesadamente avanzó unos cuantos pasos, sus ojos estaban alertas y su mente entablaba teorías y presunciones buscando, como siempre, adelantarse a la situación.
Sus pensamientos daban vueltas y cada juicio era más descabellado que el otro. Entendió que evadía algo, no deseaba pensarlo, y menos pronunciarlo, lo sabia… él lo sabia… él siempre lo sabía todo.
Repentinamente se detuvo en su cuidadoso andar, algo lo hizo detenerse en realidad. Un ente estaba enfrente de él, un ser, parado, observándolo. Le dijo desde las sombras, que eran más claras que su contorno mismo.

- ¿Deseas que me dirija a ti con el nombre que te dieron, o con tu nombre real?...

Su voz era colosal, retumbaba en las paredes produciendo un espantoso eco que podrían aterrorizar a cualquier joven de menos de la mitad de la edad del anciano; él permaneció de pie, dudando que en el lugar en el que se encontraban hubiera siquiera paredes.
- Llámame como quieras…
Le dijo mientras sujetaba contra el piso su bastón posesionándolo al centro de su cuerpo, apoyándose un poco hacia el frente.
- Muy bien… sígueme.
El ser dio media vuelta y caminó, el anciano lo siguió. El enorme ente, largucho, sobrepasando por poco los dos metros de altura, se desplazaba aparentemente levitando. Pareciera que una túnica infernal envolvía su cuerpo, emblemáticamente se movía a una predilección fantasmagórica por el suave viento que rozaba los tobillos de la sombra, si es que en verdad debajo de eso hubiera un par de tobillos. Truco clásico, pensó el hombre del bastón.
- Te llamaré con el nombre que arropaste sobre tu mascara – le dijo mientras avanzaba en la pesadez del ambiente - , el emblema que perdurará por siglos, el nombre que usaste no para crear una nueva identidad, sino para encontrarte a ti mismo…
El anciano se detuvo en el andar, profundamente molesto. El ente se detuvo también y volteó lentamente buscando la mirada del hombre viejo. El anciano lo observó, su bastón apoyaba su equilibrio y su figura, levemente decrepita, se mantenía con esa joroba producto de un peso de varios años sobre sus hombros. Una bata oscura lo cubría hecha de una delicada seda francesa que daba de sobrentendido su estatus social; su pelo canoso caía sobre su frente; su rostro dejaba en evidencia una larga vida, marcas hechas por los años atravesaban sus mejillas, labios y pómulos, daban la impresión de haberse producido de adentro hacia afuera.
Pero cuando levantó la vista, todos estos detalles quedaron abrumadamente desapercibidos ya que el ente solo pudo observar sus ojos; agudos y penetrantes como la noche misma, su color era más claro de lo normal y su temple permaneció cruda e impasible:
- Te dije que me llamaras como quieras…
- Había escuchado que eras orgulloso, anciano, pero no tenía idea de cuanto. Eres soberbio y obstinado, pareciera que es por la edad pero pienso que son cualidades que han permanecido desde el centro de tu estructura por años. Un puñado de individuos hubieran vendido sus almas por quitarte la vida, pero no… tuviste que castigarlos incluso con tu último aliento. Falla en el corazón. Quién hubiera pensado – El ente se acercó lentamente - . Muchos estarían muertos de miedo y petrificados hasta los huesos; pero tú no, ¿verdad?... Tú no… No Batman.
- Soy obstinado – Una mueca de burla dibujaba su rostro.
- Bien…, ahora has ascendido a un nivel no terrenal, viejo obstinado, no tienes muchos trucos con los cuales actuar, anciano.
- Si mi alma se le niega a descansar… las preguntas me ciegan, qué hago aquí.
- Las circunstancias de tu deceso, como te acabo de mencionar, me ha impregnado de una huella imborrable de interés. Como se ha dado cuenta su misión no ha sido completada.
- ¿Mi misión?
- Existe un gran plan, Batman, estoy seguro que lo habrá oído en algún lugar.
- Lo dudo…
- No, es seguro, debiste haberlo escuchado en algún lugar…
- No me refiero a eso, lo he escuchado, pero no existe, no creo en su existencia, no existe un enorme plan dominando nuestro comportamiento, todo esta en nuestras decisiones.
El ente ladeo la cabeza un poco, observó al anciano. Seguramente si hubiera existido la posibilidad de vislumbrar su rostro se hubiera dibujado una mueca de mal entendido sobre él. Lentamente retornó su cabeza al lugar original.
- ¿Decisiones dijiste, viejo hombre? … interesante.
El ente dio media vuelta, caviló un poco más, el anciano no le quitaba los ojos de encima.
- Tu destino fue arduo, lo puedo aceptar, pero solo tú podías terminar tu labor. Tenías el método, las herramientas y una voluntad que podía confundirse muy sencillamente con obsesión. Pero algo te mantenía a raya, había algo que no permitía completar tu victoria.
- Era una guerra, las guerras no fueron hechas para salir victorioso.
- Ésta sí…


II

El sonido de un zaguán rechinó sobre una noche lluviosa. El entorno había mutado insospechadamente y unas letras de metal sobre las puertas del infierno se hicieron ver ante el relámpago de la tormenta. Rezaban Arkham Asilum, institución mental.
El ente avanzó entre la fulminante lluvia para situarse enfrente de las letras, levantó su infernal brazo señalándolas y gritó intentándose oír ante el abrumador ruido del agua.
- Aquí existe una gran mentira, Batman. Esto no es una institución mental. Es un dique. Un dique entre la insania y la normalidad. Entre lo perverso y la levedad de la esperanza de Ciudad Gótica. Este es un dique que ayudaste a construir, murciélago. Concientemente ayudabas a alimentar el fuego del infierno, concientemente intentabas alejar los despojos de la sociedad de todo lo limpio y puro. Nunca te hiciste cargo. ¡Nunca deseaste hacerte cargo! Fuiste uno de los Titanes que caminaban sobre la tierra, Batman. Fuiste uno de los dioses que nos sobreguardaban de nuestra mortalidad. ¿Por qué no hiciste lo que un dios tenía que hacer?... ¡Esta es tu torre de babel!
El anciano, empapado por la torrencial tormenta, lo fulminó con una molestia encubierta de desaprobación.
- ¿Me estas pidiendo que derrumbe Arkham?
- No te estoy pidiendo nada… te estoy dando la oportunidad. Completa tu destino, dale término a la locura que corroe las entrañas y pervierte los espíritus y da muerte, desolación y niños huérfanos en la oscuridad. ¡Utiliza tu fortuna y tus contactos para hacerla caer!
El hombre apretó los dientes sobre su mandíbula, tomó con sus puños más fuerte su bastón y endureció su cien lo más duro que pudo al punto de dolerle. Después bramó en la oscuridad.
- ¡Esa no es mi responsabilidad! ¡No soy jurado, menos ejecutor!
El Ente guardó unos segundos de silencio. Después con un agrio temple le dijo.
- Estas lleno de contradicciones, murciélago. Hablas que combates una guerra pero no estas dispuesto a tomar vidas.
- Mi tiempo ha acabado, sombra – interrumpió haciendo un falso esfuerzo de no importancia -, no volveré.
- Tu cuerpo mortal despojado temporalmente de su alma yace en una sala de urgencias. No cruzaras… no hoy.
“Volverás a tu vida decrepita en la soledad y las tinieblas, repetirás las mismas preguntas que a diario te hacías mientras tomas tus medicinas y continuas preparando esa sopa insípida en tu cocina de mármol malamente conservada. Los pasillos de tu mansión seguirán escuchando el eco de tus paulatinos y cansados pasos, y tu perro seguirá ladrando a tu llegada en cada habitación que lo encuentras y siguiéndote en tu andar. Seguirás juntando las manecillas del reloj para entrar a tu sótano, antes provisto de herramientas, ahora refutado de recuerdos. Te sentarás todavía enfrente de tu computadora, adjuntarás datos vandálicos y sacarás elaboradas conclusiones y podrás aun hablarle a tus contactos en el cuartel de policía; contactos que desconocen tu identidad y piensan en ti como una voz de providencia.
“Los nombres han cambiado, anciano. La ciudad ha crecido. El recuerdo de Batman sigue al igual que en tus días de merodeador: como un fantasma. Pero te aseguro que algo prevalece en tu cabeza, algo aun corroe tus pensamientos, tus monstruos aun siguen cazándote, a pesar que en antaño tú los cazabas a ellos. Tus preguntas todavía te despiertan a media noche empapado en sudor.
“Y bueno – una pausa y con un ademán abrió el corroído y aullante zaguán - esta es tu respuesta, esto es lo que debes hacer… y lo sabes, siempre lo has sabido… tú lo sabes todo.
El viejo dudó un momento, cerró los ojos. Un trago amargo cruzó su paladar para encontrarse con su estomago, dándole una sensación de vacío. Sintió la flaqueza de sus piernas que lo estaban traicionando, así como las heridas de las palabras que aún intentaban penetrarlo. Tomó un profundo respiro y abrió los ojos para observar al ente que intentaba pervertirlo, después dijo su credo.
- No soy un criminal.
La sombra quedó inmóvil, molesta por la terquedad de un viejo.


III

El aire cambió de textura una vez más, era frío, más frío. El olor a oxidado y suave vestigio de basura en la nariz se le antojó familiar. Un leve presentimiento de reconocimiento lo hizo sentirse en sus dominios. Miró hacia los lados, ladrillos; miró hacia arriba, la luna de cazador, de merodeador. No necesitaba otra luz, no necesitaba otro encubrimiento, era suficiente, más que suficiente. Los delincuentes son tontos y supersticiosos, son imbeciles cuando el peor de sus temores se les para enfrente, levantándose lentamente desde las sombras. Dejan de funcionar adecuadamente, quitan el dedo del gatillo, balbucean, tartamudean, dejan de pensar. El más horrible de sus miedos se les acaba de encarnar. La culpa, perdida por algún lado de su inconsciencia se traslada inexorablemente sobre sus ojos… el castigo no se le puede hacer esperar, piensan mientras observan las alas del murciélago, mientras dicen su nombre en la oscuridad, mientras torpemente intentan huir dándole la espalda corriendo como niños…después de eso una sombra los embiste.
La gran mayoría de los delincuentes tenían esta reacción. Solo un puñado, los peores, reaccionaban diferente. No había culpa, no existía el arrepentimiento, una cualidad perversa los empujaba a enfrentarse al murciélago; y sobre todo, una cualidad seductora hacía al murciélago perseguirlos… a uno de ellos incluso le causaba gracia.

La culpa… eso era algo que el anciano conocía bien.

- ¿Dónde estamos?
- En un callejón de Ciudad Gótica, viejo.
- Hay miles…
- ¡Exacto! Miles, eso hace aún más especial este… ¿No lo reconoces? ¿Cómo hacerlo, verdad? Haz recorrido cientos, cada uno con su propia historia. Después de todo qué sería Gótica sin sus violaciones, asaltos, extorsiones y asesinatos. ¡Y justamente eso!... justamente eso...
“Hace un momento hablaste de decisión…

Un niño dio un salto abriendo la puerta de un cine con una patada, era una puerta trasera que daba al callejón. Calló al suelo en sus dos pies y dio latigazos imaginarios a coroneles españoles de la época colonial. Dibujó una marca, su marca, una zeta en el pecho de cada delincuente que lo merecía. Bruce, querido, no brinques, te caerás, le dijo su madre. El niño dio caso omiso y siguió en su batalla épica del bien contra el mal. Rasgaba, golpeaba, pataleaba contra cada maleante que había faltado a la ley que irónicamente aún no existía. Pero él lo sabía, él era el zorro, el era un símbolo de la ley.
El padre los alcanzó y sostuvo a su esposa amorosamente del hombro con una sonrisa.

- No…
Dijo el anciano casi con un suspiro que salió a la intensidad del vapor que exhalaba.

El niño brincaba y brincaba despreocupadamente. Un mal paso y su pie cayó sobre un charco frío, haciéndolo resbalar. Su codo topó con el sucio suelo. Era una etapa difícil para el pequeño, se encontraba hipersensible y cada malestar ya sea emocional o físico lo hacía quebrarse en llanto; hace tres meses que no paraba de mojar la cama. Decía que veía monstruos en la oscuridad, que le harían daño y que deseaban quitarle algo precioso. Decía que volaban por el techo dando círculos imperfectos buscando el mejor ángulo de ataque. Corría por los enormes pasillos de la mansión para entablarse tumultuosamente, muerto de escalofríos, en la cama de sus padres. Ellos permanecieron comprensivos y lo trataron dulcemente ante estos episodios fóbicos del pequeño Bruce; tres semanas después buscaron ayuda profesional; seis semanas después el padre estaba empezando a perder la paciencia.
Como era de esperarse el pequeño rompió en llanto. El padre se acercó preocupadamente y lo levanto sosteniéndolo cerca de su cuerpo y limpiándole la humedad que el abrigo del pequeño había contraído del asqueroso suelo. El niño gritó más fuerte, era una necedad que había desarrollado, cada vez que los padres intentaban consolarlo los golpeaba alejándolos, como si no deseara sus cariños, durante algunos momentos parecía que el llanto cambiaba a rabia; esta no era la excepción.
El padre perdió los cabales y se levantó señalando a su hijo, intentando el último recurso que le quedaba. Tal vez eso quería el pequeño monstruo necio y terco, talvez quería que lo regañaran; tantos lujos, tantos regalos y tan pocos límites. ¡Deja de llorar en este preciso momento, Bruce, o tendré que dejarte aquí solo, a ver qué haces entonces! El niño volteó y la imagen quedó grabada en algún lugar imperceptible de su conciencia.
La madre se molestó. ¡Dios santo, Thomas, es solo un niño! El padre recapacitó, estuvo a punto de escupir su disculpa cuando una sombra con un revolver surgió en la oscuridad.

- N-no….
La flaqueza de sus piernas lo volvía a traicionar.

Dame tu cartera, imbecil… ¡Rápido! Un gatillo siendo cargado, pareciera que el sonido produjo un eco. La madre abrazaba al pequeño y el padre se interpuso entre el asaltante y su familia. Tranquilo… toma… mi cartera.

- No… ¡g-golpéalo!…

El criminal observó la rapidez con la cual poseyó la cartera. Un par de ricachones, un par de chupasangres más que viven quitándole el dinero a gente como yo. Pensó mientras avanzaba contra la mujer para quitarle su collar de perlas.

- No…

Se acerco mucho… demasiado. El padre reaccionó y al momento que el maleante alcanzó el collar, el padre intentó quitarle de encima, temiendo por la vida de su mujer.

-N-no…

Dos disparos en un crudo invierno y un collar de perlas desarmándose en el sucio y húmedo suelo. Un criminal corriendo por el callejón y un niño hincado en medio de los cadáveres de sus padres… la inmortalidad no existe, pensó. El anciano intentó vagamente lanzar su bastón en contra del hombre que corría despavorido, pero no lo alcanzó. Ahora estaba hincado en el frío reviviendo el momento. El momento en el que en aquel callejón no murieron dos personas, sino tres. El momento en el que apretando los dientes y llorando de rabia hizo una promesa.

- ¿Por qué me haces esto?...
Dijo con las manos en el rostro, un dolor profundo quebraba su voz.
La sombra, sigilosamente se le acercó por la espalda, se agachó y casi en susurro le dijo, posiblemente riendo por dentro.

- Es justamente en este momento cuando todo sentido abandonó tu vida, verdad… Bats.

El viejo dejó su sollozo para apretar su mandíbula y su furia surgió por sus ojos. Un bramido que provenía desde la ira de su estomago lo hizo voltearse con una velocidad inesperada, desvistiendo a la sombra de su fantasmagórica túnica. La sombra dio tres pasos atrás y una familiar carcajada se dejó oír en el callejón. La carcajada reía y reía. Se burlaba, se complacía con la impotencia del pobre viejo. Él podía oír sus pasos transformándose en brincos alejándose de la escena. La túnica, que aun permanecían en sus furiosas manos, traía consigo una carta de poker de un arlequín. La tomó, la observó y apretujó en su mano derecha mientras sentía una peculiar descarga de electricidad en su pecho. Una segunda y una tercera se hicieron venir antes de despertar en la sala de emergencia número siete del hospital de Ciudad Gótica mientras se levantaba por medio de un reflejo casi transformado en una contracción de su espina dorsal… todo el primer piso del hospital escuchó a un anciano gritar desgarradoramente el nombre de Joker.

No hay comentarios: