sábado, 28 de marzo de 2009

Lo primero que aprendemos

Nosotros nunca nos realizamos.
Somos dos abismos — un pozo contemplando el Cielo.
Fernando Pessoa


Alguien se va. Alguien te dice “bye”. Alguien te da un “hasta luego”, un “no puedo estar contigo”. Alguien muere.

Con sus propios estandartes y distintos niveles, las personas caen en desasosiego ante el adiós. ¿Cómo precisar la magnitud de una pérdida? —El sujeto no puede—, señalaría Freud.

La separación es un constructo de contenidos angustiantes para el humano. En un nivel general, el hombre posmoderno nunca está solo. Siempre hay un Ipod, un celular, una cobertura 3G, un bam internet inalámbrico, una laptop, una computadora de escritorio, un PSP albergando la pronta utilización en caso de que una emergencia solitaria acontezca. No estamos preparados para estar solos, incluso más: le tememos a la soledad.

Es importante señalar que el adiós está relacionado con la soledad, la separación, el duelo y el vacío. El vacío generado entre la separación de los cuerpos, el duelo consiguiente por eso que no sabes que perdiste en aquello que perdiste y la consecuente soledad percibida a pesar de estar rodeado de gente.

Todo esto hace difícil una explicación completa desde una perspectiva psicológica. La psiquiatría, la psicología cognitiva, el psicoanálisis y demás formas de aborde terapéutico tienen sus artilugios mágicos para trabajar el duelo consecuente a un adiós. Pero la verdad nos golpea la cara con su naturaleza cruda y desoladora. A última instancia, no puedes hacer algo concreto con un duelo que no sea acompañar. Cosa que es suficiente, sí, pero frases trilladas y desgastadas como “Oye, no es el fin del mundo” o “hay muchos peces en el mar” y esa consabida mierda optimista de decir “¡Ánimo!”… como si el gritarle en la cara a una persona mientras sacas confeti del pantalón constituyera un acto de alivio. Yo creo que asusta.

El acto de alivio ante el duelo, ante el adiós, se simplifica en el acompañamiento, el estar ahí, incondicional. Algo que sostiene, alguien que soba, que apapacha. Asumir la pérdida deviene en distintas manifestaciones clínicas y diversas formas de palabra y dolor. “Espasmos después del adiós” mencionaría Cerati. “Canto porque me levanto siempre con las mismas penas” acentuaría Bunbury. Las desdichadas formas en las que el ser humano concibe su existencia son amplias en sabores, cada uno a su propia manera encuentra la forma de elaborar el duelo. Cada quien con su forma de lamerse las heridas, sea ayudado o solo; sea pintando o escribiendo, elaborando contenidos o reprimiendo recuerdos, abrigándose en la necedad de sentirse miserable o en acuerdo contrario de respirar hondo y levantarse con el pie derecho: “¡Yo sí puedo!”, grita a los cuatro vientos, convenciendo a los demás cuando lo que quiere en realidad es convencerse a sí mismo. También hay gente que llora, gente que golpea a otra gente, hay gente que siente ese dolor en el pecho, como ardor que alcanzas a aliviar un poco con un suspiro; hay gente que tiene sexo, gente que se emborracha, intentando olvidar aquello que duele, hay gente que cree haber olvidado, gente que se empaqueta tres docenas de “gansitos” en su presentación de despecho, hay gente que sale inmediatamente a comprar, para llenar ese vacío irreductible en el estómago, ese ardor de algo que fue desprendido.

Porque el adiós nos enfrenta a ese precepto consabido de nuestra naturaleza incompleta. Nuestra naturaleza castrada, esa natura de la nada.

Hace mucho tiempo éramos completos. Dentro del vientre de mamá nadábamos, nos alimentaban, fuera de la contaminación, fuera de la presión atmosférica y fuera de esa molesta acción llamada respirar. La completud nos bastaba. Pero llegó ese hecho traumático: nacimos.

Ésa fue nuestra primera enseñanza, aprendimos a decir adiós.

1 comentario:

princesaleona dijo...

que triste post u_u

pero a poco si lo aprendemos? si aprendieramos a decir adiós no seria tan doloroso ¿no?